El pan de oro y su espesor
El pan de oro es oro batido hasta un grosor que se mide en décimas de micra. Las cifras habituales se mueven entre 0,1 y 0,2 micras, y esa diferencia, invisible al ojo, cambia por completo el trabajo: una hoja más fina se adapta mejor a las molduras y desaparece antes bajo el bruñidor, mientras que una hoja más gruesa —el llamado oro doble— aguanta la intemperie y tolera algo más de manipulación.
Lo que se compra no es una lámina suelta sino un librito: veinticinco hojas intercaladas entre papeles finos, normalmente de ocho por ocho centímetros. El conjunto pesa unas pocas décimas de gramo, y ese dato explica mejor que ninguna descripción por qué la hoja no se toca con los dedos y por qué una ventana abierta puede arruinar media jornada.
La aleación también importa. El oro fino de veintitrés quilates y tres cuartos es prácticamente oro puro y no se altera; a medida que baja el título y aumentan la plata o el cobre, cambia el tono —de los oros verdosos a los rojizos— y aparece la posibilidad de oxidación superficial, que obliga a proteger la superficie. Los panes de latón, que se venden en formatos mayores y más baratos, se comportan de otra manera: son más rígidos, se manchan y no sirven para un bruñido de espejo.
Formatos que conviene distinguir
- Oro suelto: la hoja va libre entre papeles y se manipula con cojín, cuchillo y polonesa. Es el formato del dorado al agua.
- Oro transfer o montado: la hoja viene adherida por leve presión a un papel de seda. Facilita el trabajo en superficies verticales, exteriores y letras.
- Oro doble: mayor gramaje para exteriores, rejería y elementos expuestos.
- Oro en concha: oro molido y aglutinado, pensado para retoques puntuales, no para dorar superficies enteras.